Oda a Poloflash, Poloflán, Flash o lo que digan en tu pueblo

Si hay algo que nos hace diferentes a Antonio Machado ya mí es que él recuerda su infancia a la sombra de un limonero y yo estaba harta de los poloflanes. Porque los veranos culinarios de mi infancia son bocados de helado de colores, rayas fluorescentes en las camisetas, paletas heladas casi rotas al abrir el envoltorio de plástico. En esas interminables tardes que experimenté mientras crecía, siempre estaba este helado simple y barato con ingredientes que tenían más de la E que en un libro francés para refrescarme y pintarme la lengua con su sabor falso.

Poloflash no solo jugó un papel especial durante mis vacaciones escolares. Mi amigo y editor en jefe cómico Mònica Escudero es unos años mayor que yo y es del otro rincón de España, pero ya entonces disfrutaba de sus virtudes golosas y gélidas: “En los años ochenta, esta ambrosía plastificada se parecía poco a lo que tiene hoy: su principal característica era que se podía chupar el sabor y dejar el helado, cosa que también pasaba con los buenos polos, como el frigurón, que tenía una textura como de estalactita y se deshacía en capas”. «Los sabores y colores -recuerda Mònica- iban desde el verde flúor de la lima al marrón cacafuti de la Coca Cola, pasando por el lila de la mora, el amarillo del limón y el rosa de la fresa».

No quiero entrar en ninguna nostalgia solipsista, pero seamos claros: no es lo mismo que pedir paletas heladas a tus padres siendo adulto, es helado de yogurt con diferentes coberturas. Te acostumbras a ver la vida sin esperar sorpresas, lo que te gusta está bien, aunque sea barato; el otro te anima a pensar que hay que añadirle algo a lo que odias para convencerte -porque no te vas a comer ni una sola cucharada- tiene aires gourmet, sus propios outlets, su mundo yuppie y sus tonterías. “El Señor guía a los humildes en la justicia y les enseña su camino”, dice la Biblia. Allí estaremos, con Dios, los que alguna vez anduvimos por el camino llano y humilde: el del polo blitz.

¿A quién debemos este alimento divino?

Como douglas engelbartInventor del ratón de la computadora Alfred Fielding y Marc Chavannes, hecho de plástico de burbujas, José Nortes también ha creado algo revolucionario, aunque su nombre no me suena. Este empresario, de origen murciano, fundó a principios de los años 70 la marca Flaggolosina en Lora del Río (Sevilla), “pionera en la elaboración y venta de ‘caramelos de hielo’”, tal y como explica la historiadora de la gastronomía Ana Vega Vizcaína en Este artículo.

Nortes se dedicó a la comercialización de pimientos e infusiones, pero Dios mediante, un bendito día se le ocurrió la idea de desarrollar esta paleta basada en un invento estadounidense anterior. Fue un auténtico éxito y muchos niños chuparon encantados los helados de sabores que elaboraba José en la citada localidad sevillana. Poco tiempo después, Emilio Burgueño funda Martín en Talarrubias, en Extremadura, Siberia, lino birmano, la otra gran marca de Poloflan de la época. Al igual que Flaggolosina, esta empresa de Badajoz también fue un éxito porque el número de niños con poca azúcar que morían de calor habría sido muy alto entonces, me imagino.

Para estos emprendedores que decidieron anunciarse en la televisión, no era suficiente ver a otros niños comiendo a la altura de los ojos. Algunos pequeños grandes lo sabrán muy bien, pero conviene recordar que los anuncios que lo pedían hoy nos suenan más irritantes que un niño aprendiendo a tocar la flauta dulce. “Verás lo bueno que es, toma Burmar Flax, que sabe increíble y es fenomenal. Esto es Burmar Flax, pruébalo y verás”, se escuchaba en la canción. Trabajo de 1980, mientras en las pantallas aparecía un superhéroe con las cejas de Zapatero, que utilizaba su nave espacial para recoger los rayos de polo y traerlos a la Tierra. De todo esto concluimos que este helado lo golpeó incluso más allá de la atmósfera -lo que le da una dimensión galáctica al personaje de José Nortes- y que el letrista de la tonada Machado se parece aún más que a mí.

Por supuesto, los comerciales de Flaggolosina a finales de los años 70 incluían una canción sobre pedir un Black and Decker para perforar los tímpanos. En su caso, los niños parecían estar marcados con enormes pupilas negras, por lo que no se descarta que tuviera otros aditivos además del azúcar. “Flaggolosina, mi rico helado, del freezer, te lo saco congelado”, cantaban. Otro poeta.

¿Cómo se llama?

Empecemos diciendo que este helado tiene más nombres que un aristócrata. Dos de ellos, como Albal Paper, Typex, Betadine o Clínex, provienen de la lexicalización de la marca, es decir, de la referencia a un objeto con el nombre de la empresa que lo fabrica. De ahí que haya quienes los llamen azotar O linaza por las dos empresas que empezaron a comercializarlo en España.

Es tal el debate con la infinidad de denominaciones que adquiere que incluso la Real Academia de la Lengua Española publicó hace más de dos años un tuit pidiendo a los usuarios que comentaran cómo llamaban a este helado. entre las respuestas, frigolosina, relámpago, hablar, piel, Bombardeo de polo, camisa polo O flan congelado. Y ya en Latinoamérica llega la magia: Están, esquimal, ficticio, congelado, marciano, chupi chupi O vikingo. Mis favoritos, por supuesto, caen en algún lugar entre el Fla minimalista y la fantasía de Lollipop.

Según la zona, existen varios términos, algunos de los cuales provienen de nombres comerciales, para describir el helado alargado de la imagen: «flash», «flash polo», «flan polo» o «poloflán»… ¿Qué significan? ¿tu nombre? pic.twitter.com/0WLUyD3jVY

— RAE (@RAEinforma) 3 de mayo de 2020

Tengo que reconocer que hace unas semanas, cuando empezaba a hacer calor, antes de saber que iba a escribir este artículo, compré una bolsa de Poloflashes en el supermercado. Cuando ya estaban congelados, abrí uno, con la esperanza de encontrarme sin tener que ir a la India, pero ni modo: sabía dulce, imposible de soportar más de dos bocados. Tal vez fue porque me hice Marca Blanca, o porque, como la mayoría, idealicé mi infancia: esos veranos en los que mis tardes eran de helado y fingido limón.



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